Cuando empezó la pesadilla y también, mi lucha

Era una mañana de 2009 en Buenos Aires.

Franco, mi hijo de cinco años, no quería ir al colegio.
Se aferraba a mí con fuerza. Sus ojitos suplicaban quedarse.

Lo convencí prometiéndole que, al salir, lo llevaría a comer a su lugar favorito de hamburguesas.
Sonrió. Me abrazó fuerte. Y entró al colegio con esa inocencia que solo los chicos tienen.

Pensé que esa sería una mañana más.
No sabía que estaba viviendo la última vez que lo dejaba ahí.

Volví a casa e intenté seguir con las tareas de siempre, como si el día fuera normal.
Franco salía del colegio a las 4:15 de la tarde.

A las tres y media sonó el teléfono.

Era la directora general del colegio.

No hubo palabras amables.
No hubo preparación.

—Lo acaban de secuestrar del colegio. Venga, por favor.

Quedé en blanco.

Mi cuerpo se paralizó y mi mente buscaba una explicación imposible.
Intenté llamar a mi marido, pero estaba en una reunión. Solo pude comunicarme por la radio y gritarle que se lo habían llevado.

Paré un taxi sin ver ni escuchar a nadie.
Mis vecinos habían salido de sus casas al oír mis gritos, pero yo no podía registrar nada.

Cuando me subí al taxi, no pude ni siquiera decir la dirección del colegio.
Tuve que guiar al chofer en el camino.

Al llegar, todo era caos.
Directivos, maestros, voces superpuestas. Nadie se ponía de acuerdo. Nadie explicaba nada con claridad.

Me pidieron que esperara al comisario.
Cada persona decía algo distinto.

El tiempo pasaba y mi mente estaba en todos lados menos ahí.

Un policía se acercó con calma y me explicó lo que sabían hasta ese momento:
Un auto con cinco hombres había llegado al colegio. Cuatro bajaron. El portero vio solo a uno. Ese hombre dijo ser el padre de un alumno que se había descompuesto.

El colegio tenía jardín, primaria y secundario.
Había muchos chicos.

El portero no pidió documentos.
Abrió la puerta.

Ese error duró menos de cinco minutos.
Fue suficiente.

Franco fue levantado en brazos y sacado del colegio.
Después de eso, nadie pudo explicar exactamente qué pasó.

Cuando llegó el comisario, comenzaron las preguntas formales.
Declaraciones. Papeles. Procedimientos.

A mí me subieron a un móvil policial y me llevaron a la comisaría.

Cuando entré, vi a mi mamá y a mi marido.
Ya estaban ahí.

No dijimos nada.
Solo me dejé abrazar.

Bajé la cabeza mientras escuchaba la radio policial.
Cada palabra que salía de ese aparato me llenaba de ansiedad, miedo y desesperación.

Las horas pasaban.
Los directivos seguían declarando.

Yo pensaba en Franco.
En cómo estaría.
En si tendría miedo.

Cuando me tocó declarar, mi cuerpo temblaba.
Mi voz también.

Y ahí apareció un miedo distinto:
el recuerdo del padre biológico de Franco.

Un hombre que los psicólogos del juzgado ya habían catalogado como psicópata.
Un hombre violento. Cruel.

Pensar en lo que mi hijo podía estar sintiendo me atravesaba el cuerpo.

Yo no sabía nada de él.

La radio seguía sonando.
Informes. Movimientos. Silencios.

Mi miedo no tenía forma.
Solo me consumía.

Recordaba cada instante vivido con Franco:
sus risas, sus manías, todo lo que me conectaba con él.

La impotencia más profunda que una madre puede experimentar.
Saber que tu hijo está fuera de tu alcance.

Prepararme para actuar ante cualquier noticia.
Para protegerlo.
Para que alguien me lo devolviera sano y salvo.

Cada sonido de la radio me acercaba y me alejaba al mismo tiempo.

Las horas eran eternas.

Mi marido me abrazaba.
Mi mamá me sostenía.

Y yo entendí algo, sentada ahí, escuchando ese murmullo constante:
nada volvería a ser igual.

Esa fue la primera noche sin Franco en casa.

Y ahí comenzó el verdadero reto.
La espera.
La resistencia.
La lucha.

Aquí comienza ¿Y por qué a mí no?

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Este texto forma parte del primer episodio del podcast ¿Y por qué a mí no?.
El episodio completo está disponible en la sección Episodios.

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