Muchos se preguntarán cómo llegamos a saber que era el padre biológico de Franco.
Esta historia comienza mucho antes, pero para entenderlo tengo que volver al año 2008.
En uno de sus ataques de locura, él empezó a amenazarme.
Decía que algún día se lo llevaría.
Esos momentos eran escalofriantes.
Hacía años que no tenía contacto con nuestro hijo, pero yo sabía que sus palabras no eran vacías.
Fue entonces cuando recurrí a la justicia.
Ambos fuimos sometidos a pericias psiquiátricas.
Los informes confirmaron algo que yo había sentido durante años:
el padre de Franco era violento, peligroso y psicópata.
El defensor de menores intervino de inmediato.
La jueza de la causa civil dictó una orden de restricción.
La situación no solo era peligrosa para Franco.
También lo era para mí.
En 2008, Franco asistía a otro colegio.
Allí su padre ya había intentado acercarse de manera irregular.
Gracias a la rápida intervención del colegio, no logró su objetivo.
Después de ese episodio me vi obligada a mudarme.
Él ya conocía nuestra dirección.
Mandaba gente a seguirnos.
A revisar nuestra basura.
Cada llamada amenazante era un recordatorio de que nuestra vida estaba siendo observada, estudiada y controlada.
Cuando Franco ingresó a su nuevo colegio en 2009, no había datos del padre biológico.
Existía una orden judicial que le prohibía verlo.
Pero la locura de aquel hombre seguía presente.
Las amenazas continuaban.
Había investigado nuestras vidas.
El juzgado estaba notificado, pero nadie parecía actuar con la urgencia que la situación requería.
El día del secuestro, cuando recibí la llamada que me cambió la vida, sentí un vacío profundo.
Supe de inmediato quién era el responsable.
Para identificarlo con certeza, la comisaría pidió fotografías.
Yo tenía en mi celular datos del juzgado, imágenes del padre y toda la información necesaria.
Los testigos del colegio lo señalaron como uno de los hombres que había ingresado.
Era él.
Esa misma mañana, antes de salir de casa, Franco me pidió que le sacara una foto con su cámara digital.
Siempre había amado la fotografía.
Ese día, en particular, quiso esa foto.
No sabía que horas después esa imagen sería difundida por Missing Children y por todos los medios, convirtiéndose en un símbolo de la lucha por traerlo de vuelta.
Cuando la causa llegó a fiscalía, fue tomada por un juez federal.
Ya no se trataba de la locura de alguien con problemas mentales.
La vida de Franco estaba en peligro.
Había que actuar de inmediato.
Se solicitó a Missing Children que difundiera la imagen por todos los canales posibles.
Migraciones confirmaba que aún estaban dentro del país.
Cada minuto contaba.
Al día siguiente nos pidieron presentarnos en tribunales.
El juez federal necesitaba los documentos y el pasaporte de Franco.
Ese mismo día nos enviaron a la división de delitos contra menores para dar mayor peso a la investigación.
Desde la madrugada, el juez penal federal había ordenado allanamientos.
No pudieron realizarse de inmediato.
La madre vivía en Capital.
El hermano, en Provincia.
Al día siguiente, el juez ordenó allanarlos sin perder más tiempo.
Yo pedí estar presente en uno de esos procedimientos.
Me permitieron acompañar al personal policial a la casa de la madre.
Allí encontramos valijas del padre.
Ropa nueva del tamaño de Franco.
Todo tuvo que ser documentado.
Se suponía que podían ser cómplices de un secuestro.
Esa misma noche, sin poder esperar, fui a la casa de la madre.
Toqué el timbre.
Golpeé la puerta.
Grité que me devolvieran a mi hijo.
La policía llegó.
Me dijeron que estaba cometiendo un delito.
Que si no me retiraba, sería arrestada.
La crueldad parecía no tener límites.
Más adelante contaré sobre los contactos que tenían en todas partes.
No por ser personas adineradas, sino por estar rodeados de gente con cargos e influencias.
Ese día comprendí algo más.
Franco no tenía vínculo con su padre biológico.
Sin embargo, mi marido era quien estaba presente en cada momento de su vida.
Franco lo amaba como a un padre.
Porque fue quien realmente estuvo a su lado.
Esa relación se fortaleció con los años.
Se convirtió en un ancla segura mientras el mundo a su alrededor se volvía incierto y peligroso.
Ese capítulo de nuestra vida estuvo marcado por el miedo, la angustia y la incertidumbre.
Pero también fue el momento en el que empezamos a actuar con firmeza.
A registrar cada paso.
Cada amenaza.
A construir una red de protección que nos permitió avanzar.
Cada acción tomada aquel día tuvo un solo objetivo:
Proteger a Franco.

Este texto forma parte del segundo episodio del podcast ¿Y por qué a mí no?.
El episodio completo está disponible en la sección Episodios.
