Luego del allanamiento me citan en una comisaría cercana a la casa de la madre.
Creí que era para aportar datos nuevos, para avanzar con la investigación.
Pero no.
Apenas crucé esa puerta, me informaron que quedaba detenida.
El comisario era amigo de ellos y mi arresto fue inmediato.
El motivo nunca quedó claro.
Tal vez los gritos en la casa la noche anterior.
Tal vez la puerta que había destrozado la policía durante el allanamiento.
Hasta el día de hoy no lo sabemos.
No era justicia.
Era un castigo.
Un mensaje claro: pará o te vamos a seguir golpeando.
Ese día, cerca de la una de la tarde, me dejaron en un calabozo.
Estábamos llegando al verano.
El aire era pesado.
El calor, insoportable.
No había nadie más detenido.
Estaba yo sola.
El lugar estaba en silencio.
Tan vacío que cada sonido rebotaba en las paredes.
Me habían sacado el celular, los cordones de las zapatillas y cualquier pertenencia.
Me senté en el piso frío, con las rodillas contra el pecho.
Lloraba sin parar, pero en silencio.
No quería que nadie me escuchara.
Pedía agua cada tanto, solo para romper ese silencio que me aplastaba.
El cuerpo me dolía entero por la tensión.
Las horas parecían eternas.
En un momento, uno de los policías se acercó.
En silencio.
Me devolvió el celular a escondidas y me dijo:
“Esto es por si hay noticias de tu hijo”.
Gracias a ese gesto humano pude hablar con mi marido.
Él no se había movido de la puerta de la comisaría.
Era mis ojos y mis oídos afuera.
El que me mantenía informada.
El que avisaba a los abogados cada detalle.
Sabía que estaba ahí, esperándome.
Eso me dio fuerzas para resistir.
Cuando finalmente me liberaron, ya eran casi las dos de la mañana.
Antes de irme me hicieron pasar por un perito forense para constatar que no tuviera lesiones.
Yo solo quería irme.
Al salir, vi a mi marido de pie en la puerta.
Agotado.
Pero firme.
No me dejó sola ni un segundo.
Quería llegar a casa, bañarme, sacarme el olor de ese lugar.
Pero, más que nada, quería volver a ponerme de pie y seguir buscando a Franco.
Pensaba una sola cosa:
No me van a parar. No me van a quebrar. Franco me necesita fuerte y luchando.
Esa fue otra noche sin dormir.
Otra noche sin comer.
Otra noche con la mente acelerada.
Mi marido se quedó conmigo toda la noche.
No hablamos mucho.
Cuando me veía quebrarme, me abrazaba en silencio.
Sin palabras.
Recordándome que no estaba sola.
A la mañana siguiente ya estaba en el juzgado federal.
Había que firmar papeles.
Presentar documentación.
Seguir la causa de cerca.
Se había creado una página oficial, con autorización judicial, donde podíamos subir fotos y datos de Franco y del padre biológico, junto con números oficiales del juzgado.
Cada llamada y cada mensaje eran monitoreados.
Querían rastrear cualquier comunicación del padre o de su entorno.
La división de delitos informáticos trabajaba sin descanso.
Me pedían cautela.
Nada de direcciones.
Nada de teléfonos personales.
Nada que pusiera en riesgo la investigación.
La gente empezó a colaborar.
Llegaban llamados diciendo que los habían visto en distintos lugares.
Algunos aseguraban que estaban en Uruguay.
Otros, en Capital.
Cada pista se seguía de inmediato.
Hasta que llegó el golpe más bajo.
Alguien —el padre o su familia— creó un perfil falso en redes sociales.
Publicaban que Franco estaba en buenas manos.
Y después comenzaron a decir que yo era una asesina.
Que había matado a mis dos hijas.
Me citaron de inmediato.
La división de informática informó al juez sobre esas publicaciones.
El juez me preguntó si eso era cierto y, de serlo, que aportara las pruebas.
Tuve que abrir carpetas que había guardado durante años.
Certificados de defunción.
Historias clínicas.
El nombre del cementerio donde descansaban mis hijas.
Fue un dolor imposible de describir.
Era revivirlo todo otra vez.
Pero ahora bajo una mirada fría, burocrática, que solo quería confirmar datos.
A los pocos días me citaron en el juzgado civil, donde seguía la causa por violencia.
Entré esperando que, al fin, alguien estuviera trabajando en serio.
La jueza me miró con indiferencia y dijo, casi con desdén:
“¿Tanto escándalo vas a hacer porque tuviste una pelea con el padre?”
Sentí que me arrancaban el aire de los pulmones.
No habían leído nada.
Ni ella ni el defensor de menores se habían tomado el tiempo de ver los escritos donde se informaba el secuestro.
Todo ese miedo.
Toda la lucha.
Todo el calvario.
Era invisible para ellos.
Ahí exploté.
Grité.
Supliqué.
Le pedí que trabajara con seriedad.
Esto no era un simple conflicto entre padres.
Le recordé que ella misma, en 2008, había tenido entrevistas con él.
Que había reconocido que era un peligro.
Que había firmado que Franco y yo estábamos en riesgo.
Pero era más fácil darme un papel y sacarme de encima que actuar como debía.
La jueza se encerró en su despacho.
No quiso escuchar más.
Fue entonces cuando el juez adjunto salió y me pidió que pasara a su oficina.
Me escuchó en silencio.
Tomó nota de todo.
Ordenó informar de inmediato la detención del padre.
Recordó que existía una prohibición de contacto con Franco.
Y que lo que había hecho era gravísimo.
Salí de ahí con una mezcla de alivio y rabia.
Alivio, porque alguien al fin tomaba en serio el secuestro de mi hijo.
Rabia, porque había llegado tarde.
Porque tuve que gritar, llorar y humillarme para que me escucharan.
Ese día supe que el juzgado civil, el defensor de menores y el juez federal estaban trabajando juntos.
Por primera vez sentí que la búsqueda de Franco dejaba de depender solo de mi fuerza personal.
Se había convertido en una causa judicial real.
Esa noche, ya en casa, me senté en el borde de la cama con el celular en la mano.
Revisaba una y otra vez si había algún mensaje.
Algún llamado.
Alguna señal.
No podía dormir.
Mi marido estaba ahí, sentado a mi lado.
No decía nada.
Pero su presencia lo era todo.
El silencio era abrumador.
Cerraba los ojos y veía la cara de Franco.
Escuchaba su voz.
Sus risas.
Me preguntaba si habría comido.
Si tendría miedo.
Si estaría bien.
El cuerpo me dolía, pero no podía parar.
Sentía que si me quedaba quieta, si me dormía, algo se me iba a escapar.
Y en el medio de la madrugada tomé una decisión:
No iba a permitir que la indiferencia, el miedo ni la burocracia me vencieran.
Franco iba a volver conmigo.
No me importaba cuánto tuviera que gritar.
Cuánto insistir.
Ni cuántas puertas tuviera que golpear.

Este texto forma parte del tercer episodio del podcast ¿Y por qué a mí no?.
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