El eco del silencio judicial

Los días empezaron a sentirse todos iguales.

Amanecía con el mismo vacío en el pecho.

Me vestía casi en forma automática y me iba a tribunales.

Esa era mi rutina:
entrar, preguntar si había noticias, esperar sentada en el pasillo o hablar con abogados.

Cada tarde presentaban nuevos escritos.
Nuevas solicitudes.
Nuevas medidas para apurar la causa.

Queríamos que el sistema se moviera más rápido.
Que entendieran que la vida de un niño estaba en juego.

Pero las respuestas eran siempre las mismas:

Estamos trabajando en eso.

Así pasaron semanas.
Después meses.

Y casi sin darme cuenta, estábamos a días de fin de año.

Fue entonces cuando me citaron en Cancillería.

Nunca entendí bien por qué tenía que ir ahí.
Pero fui ilusionada.

Tal vez esperando esa noticia que había deseado con tanto dolor.
Tal vez creyendo que los habían encontrado.

Pero no.

Lo que escuché me partió en dos.

Franco y su padre habían logrado salir del país.

Nadie sabía cómo habían cruzado la frontera de Argentina hacia un país vecino.

Y lo peor vino después.

Desde ese país vecino, el padre presentó un permiso de viaje con una firma falsa mía.
Con eso obtuvo un nuevo pasaporte para Franco.

El pasaporte original de mi hijo estaba bajo resguardo, en el despacho del juez federal.

Desde allí viajaron al país donde Franco había nacido.

Ese dato cambió todo.

La búsqueda dejó de ser nacional.
Ahora dependíamos de Cancillería y de la cooperación internacional.

El juez federal emitía órdenes.
Pedía a Interpol que los buscara.

Pero algo extraño pasaba.

Cuando las órdenes llegaban al lugar donde debían ejecutarse, ya estaban vencidas.

Alguien las demoraba a propósito.
Las cajoneaban, como decíamos nosotros.

Era como si jugaran con el tiempo.
Como si quisieran que nunca llegaran a destino.

Yo no podía quedarme quieta.

Todos los días volvía al juzgado.

Me mostraban papeles.
Me aseguraban que estaban actuando.

Pero nadie explicaba qué hacía Cancillería.

Parecía un laberinto de sellos, firmas y excusas.

Un día, agotada, entré al despacho del juez y, casi a los gritos, les pedí que dejaran de jugar.

Esto no era un expediente más.
Había una criatura creciendo lejos de su casa.

Fue entonces cuando, casi de inmediato, me pidieron que fuera a Cancillería con mis abogados.

Ese día lo recuerdo con absoluta claridad.

Nos recibió una abogada con una sonrisa irónica.

La primera pregunta fue directa:

—¿Qué le hiciste a este hombre para que actúe así?

Se me llenaron los ojos de lágrimas.

Mi abogado, que estaba a mi lado, me sostuvo del brazo y me pidió que no respondiera.

Fue él quien exigió respeto.
Quien recordó que no estaban frente a un trámite cualquiera.

La respuesta fue fría:

No es solo su causa.
Tenemos muchas más.
Hacemos lo que podemos.

Sabíamos que no era verdad.

Sabíamos que alguien ahí adentro demoraba las órdenes para que, cuando llegaran, ya no tuvieran validez.

Pero no podíamos probarlo.

Mientras tanto, la justicia del país donde estaban también investigaba.

Pero él se había encargado de borrar cada rastro.

Dio de baja sus tarjetas de crédito.
Alquiló un departamento con otro nombre.
Desapareció del sistema.

Era un fantasma.

No había registros de gastos.
Ni de alquiler.
Ni de atención médica.

Si Franco se enfermaba, lo llevaba a pequeñas salas gratuitas.
Sin historia clínica.

No lo vacunaba, por miedo a que la información ingresara en una base de datos y lo descubrieran.

Todo estaba fríamente calculado.

En medio de esa invisibilidad, el padre empezó a llamarme.

Me dejaba ver a Franco solo a través de videollamadas.
Duraban menos de cinco minutos.

Cada vez que la cámara se encendía, Franco estaba sentado dentro de un auto en movimiento.

Nunca en un lugar fijo.
Nunca en un espacio que pudiera ser rastreado.

Alguien le había avisado que la división de delitos informáticos monitoreaba todo.

Y él se cuidaba de no dejar huellas.

Yo no podía preguntarle nada.

Si lo intentaba, amenazaba con cortar la llamada.
Y con no volver a dejarnos ver.

Franco tampoco podía decirme mucho.

Pero su silencio decía todo.

Con solo mirarle los ojos, veía la tristeza que llevaba.

A veces lloraba.

Yo le pedía que se calmara.
Que me mirara.
Que confiara en mí.

Le decía que ya nos íbamos a volver a ver.

Del otro lado, el padre no paraba de amenazarme.

Me repetía que dejara de buscarlo.

Que si seguía insistiendo iba a tener las mismas consecuencias que en 2008, cuando me secuestraron y me golpearon dentro de una camioneta para obligarme a retirar la causa judicial en su contra.

Aun teniendo a Franco, seguía ejerciendo el mismo control.
La misma violencia psicológica.

Fue entonces cuando mi marido empezó a buscar por su cuenta.

Después de sus largas jornadas de trabajo, se sentaba frente a la computadora.

Colegio por colegio.
Ciudad por ciudad.

Revisaba páginas web escolares.
Listas de alumnos.
Fotos de actos.
Publicaciones en redes.

Eran noches interminables.

Terminaba con los ojos rojos del cansancio.

Hasta que un día lo encontró.

Ahí estaba Franco.

Una foto escolar.
Con su nombre.

Mi corazón se aceleró.

Mi marido anotó de inmediato el nombre del colegio, la dirección y los teléfonos.

A la mañana siguiente corrí al despacho del juez federal.

El juez actuó rápido.

Emitió un nuevo informe de búsqueda y detención.

Pero alguien los alertó.

En cuestión de días, Franco había cambiado de colegio.

Otra vez volvíamos a foja cero.

Pero no paramos.

Cada vez que volvíamos a encontrarlo, pasaba lo mismo.

Lo cambiaban de lugar antes de que las órdenes pudieran cumplirse.

El tiempo pasaba.

Los meses se convirtieron en años.

La búsqueda parecía interminable.
La justicia avanzaba en cámara lenta.

La única investigación real la hacíamos nosotros.

Con nuestras manos.
Con nuestras noches sin dormir.
Con nuestra esperanza.

Lo único que nos movía era el miedo más grande de todos.

El miedo de no volver a verlo nunca más.

whatsapp image 2026 01 01 at 19.04.13

Este texto forma parte del cuarto episodio del podcast ¿Y por qué a mí no?.
El episodio completo está disponible en la sección Episodios.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *