Como en el capítulo anterior, ya había nombrado el tema del secuestro.
Ahora quiero contar un poco más de cómo sucedió.
Era mayo de 2008.
Yo estaba en casa de mi mamá.
La denuncia por amenazas ya estaba en manos de la justicia y él había sido citado para un informe psicológico y psiquiátrico.
Todo comenzó después de ir a denunciar.
Él se presentó de forma espontánea ante la justicia, exigiendo la tenencia de Franco.
Algo insólito, considerando que años atrás había declarado que no tenía interés en criarlo.
La justicia no entendió su pedido, pero las pericias confirmaron lo que yo ya intuía.
Su salud mental era un peligro para nosotros.
Una tarde fui a la casa de mi mamá y, alrededor de las ocho de la noche, salí a comprar una leche.
Sabía que no tenía para el desayuno de Franco al día siguiente.
Y sabía que, al volver, todo iba a estar cerrado.
Quería tener todo listo.
Nunca imaginé que esa salida marcaría el inicio de una pesadilla que transformaría mi vida.
Casi llegando a una esquina, sentí un golpe por detrás.
Dos hombres me arrastraron y me metieron por la fuerza en una camioneta.
Eran tres en total.
Uno manejaba.
Los otros dos me golpeaban sin piedad.
Me amenazaron.
Me dijeron que, si no retiraba la denuncia, me iban a matar.
Intentaron arrancarme la ropa.
Con una fuerza que no sé de dónde salió, les grité que, si la intención era violarme, iban a tener que matarme primero.
Porque no lo iba a permitir.
Forcejeé con todas mis fuerzas.
Cada golpe me dejaba más débil, pero seguí luchando.
Me golpearon en la cara.
En el cuerpo.
Intentaron ahorcarme con un cinturón.
Tampoco pudieron someterme.
Después de esa agresión brutal, me arrojaron junto a las vías de un tren.
Era un lugar desolado.
No había nadie.
Con la poca fuerza que me quedaba, con la remera rota y bañada en sangre, logré ver a unas personas que venían caminando.
Les pedí, casi sin voz, que llamaran a la policía.
Mientras tanto, mi mamá estaba con Franco.
Cuando notó que pasaba demasiado tiempo y yo no regresaba, intuyó que algo grave había sucedido.
Llamó de inmediato a mi marido.
La policía logró comunicarse con la casa de mi mamá.
Era el único número que yo tenía en la cabeza.
Le pidieron que fuera urgente a la comisaría, mientras el SAME me trasladaba al hospital más cercano.
Allí insistían en que describiera la camioneta.
Yo solo recordaba que era blanca.
No pude identificar a los hombres.
No pude dar detalles más precisos.
Después de esa noche, el miedo se instaló en mi vida de manera permanente.
Temía que le hicieran algo a mi marido.
Por eso decidí quedarme unos días en la casa de mi mamá con Franco, mientras en nuestra casa instalaban alarmas para poder volver con mayor seguridad.
Sin embargo, la sensación de amenaza no desapareció.
Los ataques de pánico comenzaron a ser cada vez más frecuentes.
Condicionaban mi día a día.
Tenía cronometrado el tiempo que le llevaba a mi marido regresar del trabajo.
Si se retrasaba más de lo habitual, lo llamaba de inmediato, temiendo que algo le hubiera pasado.
Salir a la calle era un desafío.
Llevaba a Franco a UPA.
Lo mantenía siempre pegado a mí.
Elegía caminar por las calles en contramano al tránsito, como si eso me diera la ventaja de ver quién venía.
Cada esquina era una posible emboscada.
Cada ruido, un sobresalto.
Ese fue el momento en el que entendí que no solo estaba luchando contra él.
También estaba luchando contra un sistema que me dejaba sola.
Contra una justicia que reaccionaba tarde.
Que no dimensionaba el peligro real que corríamos.
Y que, con cada demora, nos exponía aún más.
Esa noche, la que pudo haber sido la última de mi vida, me enseñó algo.
Que la única forma de sobrevivir era no detenerme.
No rendirme.
Y estar siempre un paso adelante.

Este texto forma parte del quinto episodio del podcast ¿Y por qué a mí no?.
El episodio completo está disponible en la sección Episodios.
